domingo, 20 de junio de 2010

¿Dónde estás?


¿ Donde estás, querido Viejo ?
En mañanas diáfanas, tardes turbias, y noches tristes,
busqué tu amparo. Tu sonrisa tranquilizadora,
tus palabras sabias.
Y, a veces, no te encontré.

Quizás te busqué donde no debía.
Y me olvidé de Vos. Me olvidé de Dios.
Equivoqué el rumbo. Y me golpeé.
Intenté desviarme. Y no pude.
Me esforcé en cambiar. Y fue imposible.

Y, entonces, como ahora, como siempre,
le pregunté al viento, dónde estás ?
Y la respuesta ululaba entre las hojas de mi mente:
“estoy con vos, en cada uno de tus actos,
equivocados o no. Siempre estoy con vos.’’

Y, cuando miré dentro de mí, te encontré, querido Viejo.
En mis hijos. En mi esposa. En mis sueños.
Te encontré, querido Viejo.
Y al encontrarte me descubrí.
Y al descubrirme me reencontré con Dios.



GUILLERMO REYNA ALLAN


Posadas - Octubre, 1990
Para mi Padre, Ricardo Reyna Lascano

lunes, 24 de mayo de 2010

Radiografía de los argentinos



Un estudio profundo sobre los argentinos del Bicentenario. Tan apasionados como prejuiciosos, tan creativos como quejosos. Cómo es el ADN de la Patria. Nuestros gustos, lo que nos apasiona, cómo nos comportamos, en qué creemos.


Hay una efervescencia de fondo en la Argentina. Pequeña pero extendida y, para usar la palabra que más nos gusta, transversal: el interés por nuestra historia, la que hasta ahora no nos habían contado. Ayer nomás, una chica que no superaba los 24 años leía 1810, el último best seller de Felipe Pigna, mientras esperaba que el chofer del colectivo le abriera la puerta para bajar en su destino.

El año pasado se imprimieron 2,5 millones de ejemplares del tema (tres veces más que en 2008) y en lo que va de 2010 ya salieron a la venta 800 mil. Los entendidos dicen que el deseo de conocer el pasado obedece a querer comprender el presente, a descubrir cómo somos. Así nos encuentra el Bicentenario. Pero el intento se puede hacer por otra vía, por ejemplo, siguiendo la vida de un ciudadano promedio, como si se tratara de un Truman Show local.

Perfil.


Dejemos de lado por un momento las cuestiones de género y convengamos en que ese ciudadano es hombre. Es indudable que suena mejor “el tipo” que su versión femenina, y si Doña Rosa tuvo sus quince minutos de fama, ¿por qué no darle la oportunidad a Don Vicente, por ejemplo? Vicente tiene entre 40 y 50 años, está casado y tiene dos hijos. Es jefe de hogar en una familia tipo: su sueldo, de unos 3.500 pesos, es el más importante de la casa. Ya terminó de pagar el inmueble, en algún barrio del AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires) o alguna ciudad grande de la pampa húmeda y fértil, la misma que eligen seis de cada diez habitantes. Todavía no pudo comprarse un auto. Se casó, o empezó a convivir antes de los 25 años, con una chica de 20 que se convirtió en madre de una parejita antes de cumplir los 30, tal como ocho de cada diez mujeres.Así pintan al argentino promedio el informe Situación de la Población en Argentina –elaborado por investigadores del CENEP (Centro de Estudios de Población) a pedido del Fondo de Población de Naciones Unidas– y la Encuesta Permanente de Hogares del Indec. Pero nuestro hombre sabe que la lucha por mantener el hogar está dividida entre mujeres y varones en partes casi iguales porque, como considera Olga Hammar, directora de la Comisión Tripartita de Igualdad de Trato y Oportunidades del Ministerio de Trabajo, “los antiguos roles del hombre proveedor y la mujer criadora ya no funcionan. Y si bien el hombre va asumiendo algunas tareas domésticas, todavía no es suficiente. No se encontró un rol igualitario, y eso incide en la cantidad de hijos.

La familia argentina se va pareciendo cada vez más a la europea. El aumento en la jefatura femenina se ha dado sobre todo en el sector informal, porque la necesidad y la falta de capacitación previa ponen a la mujer en una situación de mayor vulnerabilidad”. La jefatura femenina se duplicó en los hogares de parejas sin hijos y se triplicó en los de un progenitor con hijos. En los sectores más pobres, predomina la mujer como sostenedora del hogar.Vicente también sabe que el promedio de dos hijos por pareja se da sólo entre sus pares, la clase media, porque como dice el sociólogo Emilio de Ípola –profesor de Ciencias Sociales de la UBA, investigador del Conicet y autor de Bemba–, “es algo práctico: la mujer trabaja y no quiere tener hijos, o si los tiene, quiere que se comparta la tarea hogareña. Es una protesta por el exceso de tareas. Por otro lado, las clases altas y bajas son las que registran más descendientes, las más carenciadas no tienen medios para evitarlos y las altas quieren reproducir el apellido”.

Contigo pan y cebolla.


Si más de la mitad de la población que supera los 14 años está casada o convive, y más del 90 por ciento de los nacimientos suceden en ese contexto, podría suponerse que somos familieros y formales, pero no. La psicóloga social Ana Blesa, autora de Mi teta izquierda y Una cuestión de coraje, dice que “somos caretas, la formalidad es una consecuencia. Nos vamos a vivir en pareja sólo para pagar los gastos, no por amor”. Y de Ípola coincide: “Los jóvenes buscan uniones libres, sin restricciones legales, que puedan deshacerse rápidamente y renovarse con otra persona. Por eso eligen la convivencia, es frecuente que se unan pero no por un tiempo prolongado. Es simplemente una forma de achicar gastos”. Su colega Alfredo Moffat, autor de Psicoterapia del oprimido y director de la Escuela de Psicología Social para la Salud Mental, agrega que “ser ‘familiero’ es una concepción romántica de antes, ahora las familias son chicas, la mamá es jefa de hogar y no está en su casa. El casamiento es una institución que ya no se usa. Es como el ahorro.


Los argentinos no ahorran y no se casan”. Seguramente Vicente, de escucharlo, pensaría que es difícil ahorrar, si sólo la famosa canasta básica se lleva el 43 por ciento de su sueldo.

M’hijo el dotor.


Por algo no le puede pagar la facultad al pibe, que ahora tiene 21 años y al igual que seis de cada diez de esa edad, está fuera del sistema educativo. Menos mal que no abandonó el secundario, porque como dice Emilio Tenti Fanfani, profesor de Ciencias Sociales de la UBA, investigador del Conicet y consultor del IIPE-Unesco, si lo hubiera hecho “es probable que pelee por empleos informales, de baja productividad y menor salario. Es equivalente a no tener el primario completo hace 50 años. Es una condición de acceso”.Es cierto que los números indican que avanzamos en la escolarización, pero Tenti Fanfani advierte que el problema es el aprendizaje:


“De los que van a la escuela, muchos aprenden cosas inútiles o directamente no aprenden. Y los que no van es porque la escuela no ofrece lo que los chicos esperan. Se expande la escolarización pero no se democratiza el conocimiento. Ir a la escuela ya no basta. El desafío es mejorar la calidad, un tema que no está en la agenda pública”.Vicente tiene la suerte de que el pibe trabaje y no ande boyando, como otros chicos de su edad. Dos de cada diez no trabajan ni estudian, pero tiene razón Tenti Fanfani, “no es un problema de vagueza sino de estímulos. La gente que no trabaja es porque la economía del país no se lo permite y no porque no quiere”. Otro aspecto que afecta a los jóvenes es que nueve de cada diez de los que trabajan no tienen descuento jubilatorio ni de obra social, sin importar a qué sector social pertenezcan. Según Héctor Recalde –abogado especializado en derecho laboral y diputado nacional–, es consecuencia de “una sociedad que comenzó a deteriorarse en el ’76. Los chicos no ven un futuro posible porque trabajan en negro o están desocupados. Ya no se pregunta ‘en qué trabajás’ sino ‘en qué curro andás’, cambiaron los valores”.

Sí pero no.


Tanto cambiaron que en cada crisis económica culpamos a los inmigrantes por el desempleo. Por un lado somos hospitalarios al recibir a nuestros vecinos de Paraguay, Bolivia y Perú, pero al mismo tiempo les endilgamos el trabajo más pesado: construcción, manufactura, servicio doméstico. “Es una clara discriminación. Nuestro imaginario colectivo, construido durante siglos, entiende que ‘lo europeo, sinónimo de erudito y civilizado’, asegura calidad y referencia, y en ese contexto eurocentrista olvidamos que los migrantes de países limítrofes son portadores de saberes, en algunos casos ancestrales y en otros, si se quiere, liberales, médicos o abogados que nos podrían aportar la misma calidad que cualquier argentino”, admite Claudio Morgado, titular del Inadi. Y agrega que somos “xenofóbicos, a pesar de que nos construimos con una mirada hacia el exterior. Pero es una xenofobia selectiva: la bienvenida no es igual con un francés que con un boliviano, y no es anecdótico. Los momentos clave en esta xenofobia son la documentación y la inserción laboral, con el fantasma impuesto desde la época de los nacionalismos extremos: vienen a quitarnos trabajo. Indígenas, personas de países limítrofes, personas africanas se constituyen así en nuestros chivos expiatorios. Más allá de la diversidad cultural que nos recorre, nuestra xenofobia, hasta incluso regional, nos atraviesa. La construcción contradictoria que hemos tenido durante estos 200 años nos lleva a entender que el desafío de reconstruir la mirada sobre la identidad nacional es enorme”.A Vicente le gustaba pensarse como producto del famoso “crisol de razas”, europeo, claro. Pero Morgado le aclara que “ese crisol, rico y maravilloso, estaba pensado desde una diversidad selectiva: la idea romántica de los abuelos europeos, descendiendo de los barcos, creando una patria. En la década del ’70 se revalorizó la idea, cuando el indigenismo empezó a ser mirado desde un lugar de aporte constructivo. Hoy deberíamos pensar en un crisol como la comprensión de todas y cada una de nuestras diversidades culturales y sexuales, porque raza hay sólo una: la humana, con toda su riqueza compleja”.

Ocio creativo.


No arreglamos la casa ni levantamos paredes, pero que somos trabajadores lo sabe nuestro hombre genérico, que cada año espera sus quince días de vacaciones en alguna playa de la costa atlántica o, en ocasiones, las sierras cordobesas. En esos días, logra distenderse y disfruta de leer, aunque a duras penas alcanza a cinco libros por año. Vicente lee de todo un poco, algo de Paulo Coelho, algo de Gabriel García Márquez, quizá Dan Brown, Mario Benedetti o Isabel Allende. Su mujer y su hija leen más, al menos durante el año; cuando vuelve del trabajo, él prefiere encender la tele y mirar algún noticiero, distraerse con el Showmatch de Marcelo Tinelli, como sucede en otro millón de casas, o mirar algún programa deportivo.

Fuente: Raquel Roberti (Veintitres - elargentino.com)



miércoles, 19 de mayo de 2010

El vedettismo sindical, ¿en pos de un cambio de objetivos?


Muchas veces, al menos en la corta historia de la democracia argentina recuperada, los líderes sindicales han privilegiado sus apetencias personales a las lógicas aspiraciones de sus afiliados. Es asi como la lucha gremial, genuina y sumamente entendible en la mayoría de los casos, pasa a ser una cuestión de vidriera para quienes conducen los destinos los sindicatos.


La apetencia por sumar puntos en la "política interna" de sus asociaciones y, desde allí protectarse a otros destinos político-partidarios, desvía, muchas veces, el objetivo de la pelea por mejores condiciones laborales de los agremiados.


En la soledad de sus escritorios y con el endulzante "run-run" de sus seguidores a ultranza zumbando en sus oídos, los dirigentes de esta época se pierden en la inocencia de la lucha por el poder propiamente dicho, descuidando el deber de trabajar para quienes los siguen.Uno de los primeros pasos en ese sentido es la intransigencia sin sentido en las mesas de negociaciones. Ese "poder" de estar siempre en disconformidad les otorga mandatos inexistentes ante la creencia de ser escoltados por cientos de agremiados que, en verdad, miran azorados los resultados de las negativas y la prolongación de la lucha sindical.


Cuando una de las partes (en toda negociación) es intransigente es poco probable que se llegue a acuerdos sensatos.El arrogarse la representación de una mayoría, solamente existente en los números dibujados en aquel escritorio de referencia, otorga una fuerza que apunta más al logro mediático de la resistencia personal que a la verdadera razón del debate.


Ante el vedettismo cada vez más irresistible de ocupar centímetros en los diarios y minutos en la radio y la TV, los nuevos sindicalistas se trepan a las pequeñas victorias de espacio popular que a la lucha gremial en sí.Lejos van quedando los objetivos primigenios de obtener mejoras. Esto es reemplazado por el deseo de ser convocados por una fuerza política para ocupar otro tipo de espacios.


Hay ejemplos muy claros a nivel nacional, con nombre y apellido. Solo hace falta revisar los archivos para que caigan a pedazos nombres de encumbrados líderes sindicales que, una vez logrado el objetivo, se olvidan de quienes los acompañaron "en la dura lucha en favor de los compañeros".También el saber leer hacia atrás nos ofrece algunos nombres a nivel provincial. Hoy también se puede observar ese vedettismo que a veces se transforma en histeria mediática.


¿Hay excepciones?. Claro que las hay. Están aquellos que genuinamente no claudican en la dificil tarea de negociar con las patronales. Pero también es cierto que hay muchos líderes del sindicalismo actual que, apoyados por los "mecenas políticos" y con bolsillos bien abrigados, no miran más que el horizonte personal, lejos de la tarea para las que fueran elegidos


.Como dice el viejo refrán: "Al que le caiga el sayo, que lo ponga".


*Escribe: Guillermo Reyna Allan

lunes, 10 de mayo de 2010

Mi mamá se llama Ramón

Dos leonas no hacen pareja. Dos gatos, tampoco. No pueden aparearse. Para ello tendrían que ser de distinto sexo y de la misma especie. Son cosas de la zoología. No es producto de la cultura hitita, fenicia, maya, cristiana o musulmana. Por supuesto no es un invento de la Iglesia Católica. Muchos siglos antes de que Jesús naciera en Belén, el Derecho Romano reconocía el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer. Después ellos se divertían con efebos, que para eso estaban, para el disfrute. La esposa era para tener hijos.

La palabra matrimonio procede de dos palabras romanas: "matris" y "munio". La primera significa "madre", la segunda "defensa". El matrimonio es la defensa, el amparo, la protección de la mujer que es madre, el mayor y más sublime oficio humano.

Cada palabra tiene su significado propio. Una compraventa gratuita no es una compraventa, sino una donación. Y una enfiteusis por cinco años no es una enfiteusis, sino un arriendo vulgar.

Llamar matrimonio a la unión de dos personas del mismo sexo me parece como poco serio. Jurídicamente, un disparate. De carcajada. Que le llamen "homomonio", "chulimonio", "seximonio", lo que quieran, todo menos matrimonio, que ya está inventado hace tiempo. Nadie llama tarta de manzana a la que está hecha de peras.

Lo curioso es que cuando dices cosas como estas, algunos te miran como extrañados de que no reconozcas la libertad de las personas. Y por más que les dices que sí, que respeto la libertad de todos, que cada uno puede vivir con quien quiera, incluso con su perro, pero que eso no es un matrimonio, van y me llaman intolerante.

No sé lo que harán los parlamentarios españoles a la hora de votar. Son políticos, no juristas. Votarán por razones políticas, no según Derecho. Las consecuencias son graves. Si un varón tiene derecho a casarse con otro varón y una mujer a hacerlo con otra mujer, ¿le vas a negar el derecho a un hermano a casarse con su propia hermana? ¿O a un padre a hacerlo con su hija? ¿No tienen el mismo derecho? La sociedad se quiebra. Huele a podrido. Como en Dinamarca.

Cuando la profe le preguntó a Pablito cómo se llamaba su madre, el niño contestó: "Mi mamá se llama Ramón"

José Carlos Areán
Celta – Vigo – España

Nota de redacción:
El artículo ha sido escrito en España, pero es perfectamente aplicable a nuestra realidad argentina.
( DE "EL BAUL DEL VIEJO DONALD").-

jueves, 29 de abril de 2010

SINDROME DE HUBRIS Y NEMESIS,ENFERMEDAD POLITICA Y PODER


Por la Dra. Graciela María Espinoza

Como dijo Eurípides: “Aquél a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”.

El poder intoxica tanto que termina afectando la salud y/o el juicio de los dirigentes
políticos.

Las presiones y la responsabilidad que conlleva el poder termina afectando a la mente [1]

Llega un momento en que quienes gobiernan dejan de escuchar, se vuelven irreflexivos y
toman decisiones por su cuenta, sin consultar, porque piensan que sus ideas son las correctas.

Por eso, aunque finalmente se demuestren erróneas, nunca reconocerán la equivocación y
seguirán pensando en su buen hacer.

En un ensayo publicado en “Journal The Royal Society Of Medicine”, David Owen, neurólogo,
señala que cuando el poder sube a la cabeza y se sienten llamados por el destino a grandes
hazañas, es porque están padeciendo un comportamiento hubrístico.

El “Síndrome de Hubris” o “delirio de los políticos” responde más a una denominación
sociológica que propiamente médica, aunque los galenos somos conscientes de los efectos
mentales del poder.

Hubris, es un concepto griego que hace referencia al héroe que después de ganar una batalla
se emborracha con el éxito y eso le hace perder contacto con la realidad y, por lo tanto,
entrar en un huracán de equivocaciones.

En la Antigua Grecia aludía a un desprecio temerario hacia el espacio personal ajeno, unido
a la falta de control sobre los propios impulsos, siendo un sentimiento violento inspirado
por las pasiones exageradas, consideradas enfermedades por su carácter irracional y
desequilibrado, y más concretamente por Ate (la furia o el orgullo).

En la mitología griega, Némesis que es la diosa de la justicia retributiva y la venganza,
contraataca.

¿Cómo se desarrolla el síndrome de Hubris?
Cuando una persona más o menos normal entra a la vida política y de repente alcanza el
poder o un cargo importante, internamente tiene un principio de duda sobre si realmente
tiene capacidad para ello.

Al principio la inseguridad lo llena de ansiedad para no fracasar y pone el mayor esfuerzo
para hacer las cosas bien. Pero pronto surge la legión de incondicionales que le felicitan
y reconocen su valía. Poco a poco, la primera duda sobre su capacidad se transforma y
empieza a pensar que está ahí por méritos propios.

Todo el mundo lo adula, quiere saludarle, hablar con él, recibe halagos de belleza,
inteligencia…

Esta es sólo una primera fase. Pronto se da un paso “más” en el que ya no se le dice lo que
hace bien, sino que menos mal que estaba allí para solucionarlo y es entonces cuando se
entra en la ideación megalómana, cuyos síntomas son la infalibilidad y el creerse
insustituibles. Es entonces cuando los políticos dan el paso en falso, algunos quieren la
reelección indefinida, otros comienzan a realizar planes estratégicos irrealizables, que
abarquen varios mandatos, como si ellos fueran a estar todo ese tiempo, otros inauguran
obras faraónicas imaginarias, manejan la prensa, la publicidad y hasta pueden dar
conferencias sobre temas que desconocen.

Pero no queda aquí la cosa.

Tras un tiempo en el poder, los afectados por el Hubris padecen lo que psicopatológicamente
se llama desarrollo paranoide.

Todo el que se opone a él o a sus ideas, son enemigos personales, desestabilizadores, que
responden a apetencias personales. Puede llegar incluso al “desarrollo paranoide de
persecución”, que consiste en sospechar de todo el mundo que le haga una mínima crítica y,
progresivamente, aislarse más de la sociedad.

Se vuelven herméticos e infranqueables ante la desconfianza, se encierran cada vez más. Se
colocan una pesada armadura que los preserva de los cascotazos de la realidad, pero que los
convierte casi en autistas políticos. Sólo los detiene una gran derrota.

Es entonces que como castigo aparece Némesis, que devuelve a la persona de un batacazo a la
realidad a través del fracaso. Intentan remontar la popularidad y recuperar el prestigio
que se lo llevó la soberbia, pero están tan solos con el poder y desarrollan un intenso
estrés, que los llena de ansiedad y enferman.

Y, así, prosiguen acumulando un sinnúmero de equivocaciones, hasta el cese de mandato o
pérdida de las elecciones. Es entonces que aparecen las enfermedades del poder: Estrés,
depresión, hemorragias digestivas, infarto, accidentes isquémicos cerebrales, etc., ante
una situación que no alcanzan a comprender y que ya no pueden controlar.

En nuestro país el síndrome de Hubris se ha transformado en una epidemia.

Entristece mucho la manera en que pulverizan los mejores cuadros políticos y técnicos
porque son independientes. Los consumen como cigarrillos. En un instante los convierten en
humo y tiran la colilla a la basura.

Así, los mejores hombres son reemplazados por los más sumisos. Aquellos que se atreven a
opinar, a expresar una idea discrepante, poco a poco se van convirtiendo en peones
incómodos que se van alejando del núcleo duro del dirigente afectado por el síndrome.

Si conocen algunas personas en la cercanía del poder que presenten alguno de los síntomas
que se mencionan: exagerada confianza en sí mismos, desprecio por los consejos de quienes
lo rodean y alejamiento progresivo de la realidad, coméntenle que están padeciendo el
síndrome de Hubris y anticípenle que el poder es un bien que circula, nadie es su titular,
que no queda en manos de nadie, y que cambia de dueño fácilmente.

Notas[1] “En la enfermedad y en el poder”, David Owen presenta las conclusiones de seis
años de estudio del cerebro de los líderes políticos. La ventaja de Lord Owen es que además
de ser neurólogo fue ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra y fundó el Partido

Social Demócrata luego de emigrar al laborismo.

Michel Foucault. Un diálogo sobre el poder Ed. Alianza. Madrid 1981


Nota: “Sueña el Rey, que es Rey y vive/ con ese engaño mandando, /disponiendo y gobernando
/ y el aplauso que recibe, / postrado en el viento escribe / y en cenizas lo convierte;


¡La muerte!
Desdicha fuerte
Es que hay quien intente gobernar, sabiendo que ha de despertar.
¿En el Sueño de la muerte?”

jueves, 22 de abril de 2010

Sobre Carlos Martínez Gamba



Hola amigos, me llega, con la firma de Raul Puentes, este mail que describe al reciéntemente desaparecido Carlos Martínez Gamba.
Paraguayo el, pero argentino por adopción, es uno de los grandes de la literatura regional.
Les dejo el mail de Raul... Ese es también mi homenaje...

Acabo de enterarme de la muerte del escritor Carlos Martínez Gamba, el padre de Fedra, una amiga que me dio la adolescencia. En esos tiempos, a Carlos le tomábamos el vino sin permiso y él siempre volvía a dejar una damajuana llena en el mismo lugar, convidándonos sin palabras, acompañando nuestros debates y nuestro crecimiento en silencio, respetuoso, cordial.


Carlos llegaba siempre con la barba larga y los ojos escondidos detrás de tantos pelos. Me enseñó, en su trato, sobre el respeto y sobre los afectos.


Siempre nos miraba esperanzado, optimista. Nos dio un lugar en el mundo, tratándonos como adultos cuando apenas eramos unos gurises promediando la secundaria: fue el primer adulto que me saludó pasándome la mano, mirando a los ojos, apretando fuerte: ese gesto fue un reconocimiento y una enseñanza que siempre tuve presente. Ese hombre misterioso y callado era capaz de salir de ese estado permanente de reflexión con el que parecía andar por la vida para saludar a los amigos de sus hijos, de hombre a hombre, con la deferencia de pasarte la mano y dejarte entrar, de esa manera, al mundo de los adultos, un lugar que por entonces no nos era propio porque la niñez se nos colaba por todos lados, resistiéndose a dejarnos.


Nos sentábamos en el piso, frente al fuego, rodeado por esos libros viejos y amarillentos que yo solía hojear, casi profanándolos, cuando él no me veía. Siempre preguntaba si tu viejo, Fedra, se los había leído a todos, porque eran muchos. Siempre quise pedirle que me prestara uno de esos libros, que me recomendara alguno, pero consciente de mi propia inmadurez, nunca me animé a hacerlo. Sin embargo hoy me doy cuenta que se hubiera detenido a aconsejarme alguno porque no nos veía niños.


Por entonces nadie de nosotros sabía que el papá de Fedra (y de Demian y de Rodrigo) era un escritor importante. Sólo era el padre de nuestra amiga. Y era, también, un hombre profundo que nos inspiraba muchísimo respeto.


En 2004 dirigí la revista Contexto, que se editaba cada semana con el diario El Territorio. El año anterior, en diciembre de 2003, habían premiado a Carlos, nuestro "arandú caraí", con el máximo premio de la literatura paraguaya.


Otro amigo entrañable, Kevin Morawicki, también de Puerto Rico, tuvo el placer de entrevistarlo para Contexto y publicamos una larga nota, que transcribo a continuación.


Confieso que siempre quise hacerle yo esa nota a Martínez Gamba, el escritor, el papá de mi amiga. Nunca pude tener con el hombre que admiro la profunda charla que te permite ese tipo de entrevista y porque no hubiera podido tomar distancia de las emociones de mi adolescencia, le pedí a Kevin que lo entrevistara. Sabía lo que iba a pasar: Kevin volvió impresionado, con los ojos grandes, con el corazón revuelto, con la cabeza sacudida.


Me quedo con las ganas de agradecerle a Carlos por dejarnos tomarle el vino. Y por sus hijos, mis amigos, con quienes hoy lloro ante esta partida.


La nota: http://contexto.blogia.com/2005/053102-arandu-carai.php